Por LEONARDO CABRERA DIAZ
Con frecuencia escuchamos a nuestros principales actores políticos, enfatizar, su firme disposición de enfrentar a como dé lugar el flagelo de la pobreza.
De igual forma se expresan, dirigentes y representantes comunitarios, las iglesias y empresarios todos coinciden en que se hace urgente tomar las disposiciones necesarias, para disminuir las condiciones de desamparo en que viven miles de dominicanos
Vivimos en un mundo paradójico, extremadamente rico, pero con grandes precariedades y carencias.
La ambición desmedida de la clase dominante, prefiere echar al zafacón todo cuanto ya no representa ningún tipo utilidad, en lugar de satisfacer necesidades de la gente subyugada por la miseria.
La palabra pobreza, se pone muy de moda en tiempos electorales y ocupa la mayor preocupación de todos los candidatos y diseñan casi toda sus estrategias de campañas prometiendo soluciones al respecto, a quienes son presos de esta desgracia.
No obstante, para hablar de la pobreza, se tiene que haber dormido alguna vez boca abajo para mitigar un poco el hambre, o haberse eximido de cruzar las piernas, porque tiene los zapatos rotos.
De igual forma, quién no haya pasado estrecheces, al extremo de lavar de noche la camisa y el pantalón que se pondrá al día siguiente, no podrá nunca hablar con certeza de la pobreza, porque sencillamente, no la ha vivido.
Cuentan que un padre de familia en cuyo hogar, comer, así fuera una vez al día, era una proeza, tuvo la suerte de encontrarse mil pesos, y jubiloso, corrió al mercado y compró los ingredientes para preparar un buen almuerzo, el que encantada su mujer cocinó y puso exquisitamente decorado en la mesa.
Cuentan que los hijos de la pareja, de ocho y seis años, respectivamente, al llegar a su casa y ver tan hermoso manjar esperando por ellos, provocó que el mayor de estos, exclamara, ¡Cuánta comida!.
Y el menor que venía detrás, no menos sorprendido, a todo pulmón,” gritara ..¡.Y con carne¡ ¡Y con carne!!
Esa y no otra es la cara de la pobreza, y el desamparo en que discurre la vida de cientos de miles de dominicanos, a los que cuando quieren llegar o permanecer en el poder prometen un mejor vivir, pero sólo son palabras al viento, que como tales, el viento se las lleva.
Ejemplo palpable, San Cristóbal
Con Dios, siempre