Por Brigido Montàs
El retiro y la muerte son temas que solemos evitar por considerarlos dolorosos y lejanos. Sin embargo, la experiencia acumulada nos ayuda a comprender que el retiro también debe planificarse y asumirse con serenidad.
Pensé por primera vez en mi retiro después de cumplir los 50 años. No considero conveniente que llegue de manera forzosa. Algunos médicos no se preparan económicamente para esa etapa, mientras otros, aun teniendo recursos suficientes, se resisten a dejar de ejercer.
Esa resistencia puede conducir a un retiro obligado por enfermedad, pérdida de capacidades o errores que comprometan la seguridad de los pacientes. Cuando un profesional deja de reunir las condiciones necesarias para ejercer con seguridad, debe reconocerlo oportunamente.
Los médicos tenemos la responsabilidad de proteger dos de los valores más preciados del ser humano: la salud y la vida. Por eso, debemos evaluar honestamente nuestras capacidades y reconocer cuándo ha llegado el momento de cerrar ese ciclo.
Después de años de sacrificios, noches sin dormir y tiempo dedicado a los pacientes, muchas veces en detrimento de la familia y los amigos, insistir en ejercer cuando nuestras capacidades están limitadas puede poner en riesgo a los pacientes y afectar nuestro prestigio profesional.
Las evaluaciones periódicas, la certificación y la recertificación contribuyen a mantener las competencias médicas, proteger a los pacientes y fortalecer la confianza en las instituciones sanitarias.
Considero que retirarse es una decisión personal que exige autocrítica, responsabilidad y preparación para una nueva etapa de la vida.
Retirarse a tiempo no significa renunciar a lo que uno ha sido; significa reconocer que la responsabilidad con el paciente está por encima del deseo de continuar ejerciendo. La dignidad profesional también consiste en saber cuándo ha llegado el momento de cerrar un ciclo.
Dr. Brígido Montás
Médico urólogo-cirujano





