El sistema político y de partidos que tenemos no ha colapsado ni puede considerarse un fracaso. Con sus dificultades y cosas por corregir, sobre este sistema hemos construido durante décadas buena parte de nuestra institucionalidad, nuestra estabilidad democrática y muchos de los avances que hoy tenemos como sociedad.
¿Tenemos que mejorar? Claro que sí. Y mucho.
Pero quizás el cambio más importante no sea la desaparición de los partidos, sino una nueva forma de hacer política.
El político de estos tiempos tiene que ser más cercano, escuchar más, estar presente en la vida cotidiana de la gente y entender sus problemas. Tiene que actuar con un comportamiento ético riguroso, rendir cuentas y comprender que la confianza ciudadana se gana todos los días.
La política no está desapareciendo; está cambiando. Y quienes no entiendan esa transformación corren el riesgo de quedarse atrás.
No necesitamos destruir lo construido. Necesitamos fortalecerlo, corregirlo y construir una política cada vez más cercana, ética y comprometida con la gente.