Guarionex Rosa
Santo Domingo, RD.
Las propinas, que suelen ser una fuente para la nutrición de los empleados y sus familias, sacan a los jóvenes de la delincuencia, ayudan a construir hogares, proporcionan la manera de estudiar y que pueden significar la primera entrada económica, salvan también vidas.
Los salarios pueden hacer todo lo anterior, pero como suelen ser tan bajos en un país donde se habla de cooperativas y no de sindicatos que defiendan los derechos, los jóvenes que reciben propinas no podrían vivir sin ellas, no podrían ingresar a la universidad ni sobrevivir a los malos tiempos.
Para hacer este trabajo pregunté durante mucho tiempo a los camareros de bares y restaurantes sobre el valor de las propinas que reciben. Casi invariablemente me dijeron que sin ellas no podían resolver con sus costosas canastas familiares, la vestimenta, los estudios y el transporte.
La primera experiencia sobre el apego de los empleados, específicamente los camareros a las propinas, la sufrí en los Estados Unidos en el verano de 1966 mientras visitábamos el país con los estudiantes Roberto Marcallé Abreu y Luis Gómez Mejía, invitados por el Departamento de Estado, como premio de un concurso.
Ese concurso era sobre el papel de la juventud en el desarrollo económico y social de la República Dominicana, que se hizo en el país entero antes de la revolución constitucionalista y que, aunque creía que eso se había olvidado, la embajada norteamericana lo tenía pendiente.
Un día, durante la visita a Nueva York, la puerta de entrada en ese viaje de 30 días, nos encontrábamos desayunando en un pequeño restaurante de la 7ma. Avenida en Manhattan, cerca del hotel donde nos hospedaron. Al término del desayuno, pagamos la cuenta, pero pasamos por alto dejar la propina y soportamos una vergüenza.
Dos camareros salieron a la calle detrás de nosotros tres reclamando en voz alta su propina. Les dije a los muchachos, siendo yo el mayor: “apuremos el paso”. Salimos del mal momento, pero durante el resto de ese inolvidable viaje por todo los Estados Unidos, jamás olvidamos que las propinas salvan vidas.
Sin las propinas, de la que también disfrutan ahora los empacadores de los supermercados, la delincuencia fuera mucho mayor y más jóvenes hombres y mujeres estarían en la prostitución y lo malhecho, habrían dejado los estudios y no se contarían en los números honrosos de las universidades.
“De eso vivimos”
Durante mi estancia de cuatro años y medio (1979-1983) como consejero y cónsul general en Washington, DC, fue de costumbre visitar restaurante y el club de jazz One Step Down, durante el almuerzo e invariablemente, viernes o sábados en la noche para presenciar veladas de jazz de categoría.
Allí conocí a periodistas especializados que siempre visitaban el lugar como W. Royal Stokes. Stokes había ingresado a The Washington Post en 1978, un año antes de mi llegada. Él era como la biblia de la crónica de jazz. Escribió varios libros, notablemente “The Jazz Scene”. Murió a los 90 años en 2021.
Otro conocido del escenario de One Step Down fue Willis Conover, quien producía por la Voz de los Estados Unidos “La Hora del Jazz” y organizaba veladas de jazz como la famosa entrega de la Medalla de Honor a Edward Kennedy Ellington, The Duke, durante la presidencia de Richard Nixon, en la Casa Blanca.
En One Step Down vi a notables músicos de la escena a finales de 1979 y comienzos de 1980, excepcionalmente a Tommy Flanagan, quien durante años fue el pianista de Ella Fitzgerald, antes de que lo fueran Paul Smith y Oscar Peterson. Disfruté de una noche inolvidable con el trompetista Chet Baker, que contaré en otra entrega.
A la hora del almuerzo no había ningún show, pero fluía la música desde una vellonera antigua con pequeños discos de acetato. Casi siempre me servía el joven camarero Dwight Moore, nativo de New Jersey. De tanto verme allí normalmente trajeado de azul, un día me invitó a “lonchar” en otro sitio.
Dwight me llevó a un lugar diferente, un restaurante de moda en la reluciente calle K de la ciudad. Pasamos una especie de “tenida” gastronómica de muy buen gusto. Tras ordenar la cuenta, la tomó y pagó. Sorprendido, noté que la propina era muy generosa. Le pregunté y me dijo: de eso es que vivimos”.
Una de mis sobrinas, Laura Menéndez Rosa, que ahora vive casada y con un niño en Oslo, Noruega, me contó que en una mesa le habían dejado una propina tan abundante como el precio de la cuenta, en Savannah, Georgia. Millones de estudiantes norteamericanos trabajan en bares y cafés para costear sus estudios.
El 10% de propina
En 1962 se instituyó el servicio legal del 10% de propina para el consumo en los bares y restaurantes dominicanos, bajo el impulso que crearon los sindicatos tras la caída de la dictadura. Con la globalización y la americanización de los negocios las propinas se fueron extendiendo a los consumos por deliverys.
No hace mucho, la Suprema Corte de Justicia dominicana consideró que la propina obligatoria que dispone el artículo 228 del Código de Trabajo “no debe ser incluida en las cuentas de comidas y bebidas que serían consumidas en un lugar diferente al negocio o comercio que las vendió”.
El 10% de propina se ha incorporado con el tiempo a las ganancias de los negocios. Así, los dueños de restaurantes chinos dieron horas libres a los camareros para que salieran a las calles a protestar cuando se intentó eliminar esa conquista. La realidad es que las propinas también son compartidas entre empresarios y trabajadores.
Los dominicanos que antes daban el 10% de propina, han seguido la rutina, aunque existe el 10% legal y el 18% de impuesto que va al estado. En parte por eso comer en un restaurante dominicano de primera clase cuesta más que hacerlo en Nueva York, San Francisco de California o Madrid.
No obstante, el Banco Central en cifras recientes sitúa el consumo en bares y restaurantes como el ingrediente principal en el crecimiento de PIB dominicano. El constante aumento de los restaurantes de comida chatarra, que los médicos condenan, pero la consumen contribuye a la estadística.