Ser de Sabana Grande de Palenque es un orgullo que va mucho más allá de sus hermosas playas, su tierra fértil o su talento deportivo. Ser palenquero es llevar en el corazón la calidez de un pueblo solidario, trabajador y profundamente humano.
Palenque es un lugar donde la bondad no es la excepción, sino la norma. Aquí, cuando alguien enferma, no solo lo cuidan sus familiares: el pueblo entero se une en oración, en apoyo y esperanza.
Cuando uno de los nuestros parte, la tristeza se siente en cada rincón, porque somos una gran familia. Pero también en esos momentos se manifiesta la empatía, la unión y la fuerza que nos caracteriza.
En cada calle de Palenque se respira una paz única. Es un pueblo sano, de gente noble, con valores firmes que se transmiten de generación en generación. Es ese espíritu el que me hace vivir orgullosa dentro de estos aproximados 31 kilómetros que conforman nuestro hogar.
Siempre pondré a mi municipio primero, porque ser de Palenque es sinónimo de trabajo, de nobleza, de resiliencia y de talento. Es nuestra responsabilidad cuidar esa esencia que nos define: educar a nuestros niños en valores, proteger nuestras tradiciones y luchar para que lo poco que pueda dañarnos no tenga cabida entre nosotros.
Palenque es un pueblo de Dios, de fe, de alegría y de esperanza. Esa alegría que se ve en nuestros juegos, en nuestras fiestas, en nuestras reuniones familiares, y que debemos preservar con orgullo para todas las generaciones que vienen detrás de nosotros.
Ser de Sabana Grande de Palenque no es solo nacer o vivir aquí. Es sentirlo, es amarlo, es defenderlo. Y mientras exista un verdadero palenquero, nuestra esencia seguirá viva.
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Texto por Carolina Wegmuller





