Santo Domingo, RD

“Papi, papito de mi corazón, llámame desde el cielo. No voy a poder vivir sin ti. Te amo, te amo, no me dejes”.

Así lloraba desconsolada una de las hijas de Amable Aristy Castro, frente al ataúd con los restos del expresidente del Senado.

Igual de desgarrador es ser testigo del llanto de un grupo de hombres, tanto de su familia como de la comunidad que, con el fallecimiento del conocido “Cacique de Higüey”, dicen entre sollozos sentirse desolados.

Doña María es una de las tantas envejecientes que, con una pequeña imagen de la Virgen de la Altagracia empuñada, se lamentaba por la muerte de quien “era su papá”.

Los años de ella dejan claro que el sentimiento de verlo como un padre, no era por edad, sino por la protección que por años él le dispensaba a ella y a su familia.

Él era devoto de la Virgen de la Altagracia. «Tatica», como la llamaba, y muchos entre sus lamentos, recordaban cuán fiel era a su fe.

De hecho, una imagen de la divinidad le acompaña en el ataúd.

Una de las imágenes que más llamó la atención fue la presencia del señor que se hizo un tatuaje en su cara con el rostro de Amable Aristy Castro. La tristeza se apoderó de él, como lo hizo con todos los que desfilaban por la residencia del exsenador de la provincia la Altagracia.

“Higüey no sabe lo que ha perdido. Se fue el hombre noble de este pueblo”, decía una de las tantas personas que lloraba sin parar por el deceso de quien se convirtió en una de las figuras más importantes de la política nacional.

Agradecimiento entre lágrimas

«Ese motor en el que yo concho, me lo compró él», «esta operación que me salvó la vida, la pagó él», fueron algunos de los lamentos que se escuchan en el funeral de Amable Aristy Castro.

Desde tempranas horas la población higüeyana ha ido desfilando por la residencia del político, donde tanto sus familiares como la gente del pueblo lloran desesperados por la partida del expresidente del Senado.

Hay muchos que aún se niegan a creer en el fallecimiento de Aristy Castro, quien aunque nació en Bonao, hizo su vida en Higüey, donde muchos tienen algo que agradecerle.

“Él pagaba hasta recibos de luz, agua, medicina, cirugías…”, dice una señora que trabajó durante 30 años con él.

Ambiente en el pueblo

Un Higüey callado y triste es lo que se pudo observar cuando se recorren algunas calles que de por sí, se conocen por el ruido constante que las caracteriza.

La muerte de Amable Aristy es el tema del que todos hablan con evidente tristeza. Y es que para Higüey se ha ido no sólo un gran político, sino un ser humano sensible y solidario que deja en la «orfandad» a todo un pueblo.