El orgasmo vaginal volvió a estar en boga con el «descubrimiento» del punto G, una especie de botón de placer erótico que un médico alemán llamado Ernst Gränfenberg describió por primera vez en 1953 y que fue popularizado en 1982 con la publicación de un muy criticado libro «El punto G: y otros descubrimientos sobre la sexualidad humana».

La existencia de ese área erógena que se supone está en la pared vaginal anterior es aceptado en la literatura popular, pero controvertido en la médica.

Una reciente investigación titulada «Punto G: ¿realidad o ficción?: una revisión sistemática» examinó 31 estudios y señaló que algunos coincidían sistemáticamente en la existencia del punto G, pero no había acuerdo sobre su ubicación, tamaño o naturaleza.

«La existencia de esta estructura sigue sin probarse«, concluyó.

Ya en 2014 el endocrinólogo y sexólogo Emmanuel Janni de la Universidad Tor Vergata de Roma había reportado hallazgos con el objetivo de poner fin a las discusiones sobre «el fantasmagórico punto G».

El placer femenino, según mostraron sus investigaciones, no era exclusivamente vaginal o clitoridiano, sino que se englobaba dentro de lo que se conoce como el complejo clitouretrovaginal, el concepto de que la relación dinámica dentro de la vagina, el clítoris y la uretra puede estimular la liberación sexual.

La ciencia también ha descubierto que la capacidad para alcanzar el orgasmo depende de la neurología.

A pesar de la lucha por la liberación de la mujer y de la investigación científica, los estudios han encontrado que las mujeres heterosexuales son el grupo demográfico que tiene menos orgasmos durante las relaciones sexuales, que podría deberse a una falta de comprensión respecto a la anatomía femenina.

En esa brecha del orgasmo flotan remanentes de la desacreditada teoría de Freud, que por tanto tiempo permeó la percepción de la sexualidad femenina, a pesar de que él mismo aparentemente aceptó al final que realmente no la entendía, al llamarla «el continente oscuro».