Fruta podrida, verduras marchitas, garrafas de agua vacías y bombonas de gas gastadas ocupan ahora las tiendas y puestos en los que se abastecen los más pobres de Haití. Es una consecuencia de los incesantes ataques de las bandas que paralizan el país desde hace más de una semana y han reducido el suministro de productos básicos.

La aterradora violencia de las bandas antigubernamentales que luchan contra la policía paraliza la frágil economía del país y dificulta enormemente que muchos de los más vulnerables puedan alimentarse.

El principal puerto de la capital, Puerto Príncipe, cerró dejando varados cientos de contenedores llenos de alimentos y suministros médicos en un momento en que, según funcionarios de Naciones Unidas, la mitad de los más 11 millones de habitantes del país no tienen suficiente para comer y 1,4 millones pasan hambre.

“La gente está desesperada por conseguir agua», dijo Jean Gérald, que un día vendía tomates ennegrecidos y cebolletas mustias convencido de que se acabarían rápido debido a la escasez de comida en algunas partes de Puerto Príncipe. “Por culpa de la violencia de las pandillas, la gente pasará hambre”.

A su lado había filas de garrafas de agua vacías que no pudo rellenar porque la violencia obligó a uno de los principales operadores de agua embotellada del país a cerrar.

Gérald apuntó que se estaba quedando sin cosas que vender porque el almacén donde suele comprar arroz, aceite, frijoles, leche en polvo y pan había sido incendiado y su propietario fue secuestrado.

Mientras hablaba, se escuchaban disparos en la distancia.

Mientras las bandas campan por la capital, liberando a más de 4.000 reos de los dos principales penales del país, atacando su principal aeropuerto e incendiando comisarías, los menos poderosos son los que más han sufrido.

Las escuelas, los bancos y la mayoría de los organismos gubernamentales siguen cerrados. Las gasolineras tampoco funcionan y los pocos que pueden permitirse pagar 9 dólares por un galón (casi 3,8 litros) de combustible — más del doble de su precio habitual — recurren al mercado negro.

Los vendedores callejeros están perdiendo poco a poco su medio de vida y se preguntan cómo alimentarán a sus familias.

Michel Jean, de 45 años, estaba sentado el jueves junto al improvisado puesto de metal donde suele vender arroz, frijoles, leche y papel higiénico.

“Si mira dentro, no hay nada”, contó señalando unas cuantas latas de sardinas. “No sé cuánto va a durar esto. Espero que esta crisis se acabe y que la gente pueda volver a su vida normal”.

Pero eso parece poco probable por ahora.

Henry, quien enfrenta pedidos para presentar su renunciar o formar un consejo de transición, sigue sin poder represar al país. El martes aterrizó en Puerto Rico tras no poder hacerlo en República Dominicana, que comparte isla con Haití. El gobierno dominicano dijo que no tenía el plan de vuelo necesario tras el cierre de su espacio aéreo con Haití.

Por otra parte, las autoridades haitianas prorrogaron el jueves el estado de emergencia y el toque de queda nocturno, mientras las bandas siguen atacando instituciones estatales clave.

“Están diciendo esencialmente que están preparado para asumir el gobierno”, señaló Robert Fatton, experto en política haitiana en la Universidad de Virginia, refiriéndose a las bandas. “Creo que deberíamos tomárnoslos en serio”.

A Valdo Cene, de 38 años, le preocupan que los ancianos estén muriendo en sus casas y que haya gente que no pueda salir a calle a buscar alimentos o agua porque las pandillas controlan sus vecindarios.

Cene solía vender el propano que muchos utilizan para cocinar. Pero no ha podido reabastecerse porque las bandas bloquean las carreteras y se están haciendo con más territorio, incluyendo partes de Canaan, una comunidad al norte de Puerto Príncipe.

“Toda la zona está sufriendo”, dijo. “No tienen agua. No tienen propano”.

Cene apuntó que su familia vive con lo que les queda de arroz, frijoles, sardinas y plátanos, además de un puñado de boniatos y zanahorias. Se pregunta cuándo podrá volver a ganar dinero.

A medida que más gente se queda sin empleo, los comerciantes ambulantes venden menos productos esenciales.

En una tarde reciente, Gérald vertió menos de una taza de aceite para cocinar en una vieja botella de agua y se la entregó a un joven. Era todo lo que la familia del chico se podía permitir, y no era suficiente para que Gérald siguiera ganándose la vida.

“Si viene la fuerza extranjera, dará un respiro a la gente como para ganarse la vida y seguir luchando por un futuro mejor», afirmó.