Durante el control rutinario arqueológio, en unas obras para la construcción de una residencia de ancianos en Núremberg, los inspectores han hecho un macabro descubrimiento: la ciudad alemana podría albergar la fosa común de víctimas de la peste negra más grande de toda Europa. En el distrito de St. Johannis, al norte de la ciudad, se han recuperado ya los restos de más de 800 personas y siguen apareciendo huesos.

La arqueóloga municipal Melanie Langbein ha informado que, por el momento, se están excavando ocho enterramientos colectivos. Los primeros hallazgos se realizaron en agosto del año pasado y desde octubre una empresa especializada trabaja en el lugar. Sólo el transcurso de los meses ha permitido comenzar a perfilar las dimensiones del descubrimiento. Dos de las tumbas ya han visto totalmente la luz y la tercera se encuentra actualmente en excavación.

Langbein ha descrito que «algunos cuerpos simplemente fueron arrojados a la fosa», que data entre 1632 y 1633. En ese momento hubo una severa ola de peste negra en Núremberg en la que murieron unas 15.000 personas en tan sólo dos años. Mientras algunos cadáveres fueron envueltos en una tela, otros aparentemente fueron tirados desde las carretas y por docenas.

El alcalde Marcus König ha subrayado la importancia histórica del hallazgo. Los enterramientos «contienen restos de niños y ancianos, hombres y mujeres; la muerte por peste no miró género, edad o estatus social», ha descrito. El dirigente también ha señalado que se ha garantizado la dignidad de los restos humanos: «todos ellos fueron residentes de Núremberg, como nosotros, y debemos preservar estos restos para las generaciones futuras guardando todo el respeto».

Según Langbein, tras la excavación y la documentación, los huesos deberían guardarse inicialmente en el archivo arqueológico de la ciudad. No obstante, ha comenzado a surgir entre sus habitantes cierta inquietud por la posibilidad de que siga siendo peligroso el bacilo de la peste del siglo XVII y pueda infectar a personas en la actualidad.

Langbein ha explicado que en los esqueletos centenarios ya no se encuentran agentes patógenos activos y ha remitido a la información que se puede encontrar en la página web del Instituto Robert Koch (RKI). La peste es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Yersinia pestis, que se puede tratar con antibióticos. En colaboración con el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, se está intentando extraer restos de ADN del patógeno en los dientes de personas fallecidas, pero los resultados del análisis aún están pendientes.

En las redes sociales han surgido, por otra parte, incipientes iniciativas para celebrar un funeral con 400 años de retraso. El usuario ‘Weynstain’, por ejemplo, ha comentado que «estas personas fueron enterradas así por pura necesidad, sin intención de ningún tipo de conmemoración. La excavación respetuosa permite ahora un acto conmemorativo de la ciudad para con ellos».

Memoria de la «gran muerte»

El historiador médico Fritz Dross, de la Universidad Friedrich Alexander de Erlangen en Núremberg (FAU), ha abogado también por que los muertos hallados en la tumba de la peste de Núremberg sean tratados con todo el respeto. «Los más de 800 muertos hallados hasta ahora no deben considerarse sólo como un hallazgo histórico o científico (…). No debemos ser cínicos y considerar los restos humanos encontrados como material despersonalizado y, por lo tanto, deshumanizado, como fragmentos de porcelana, monedas o herramientas».

Como consecuencia de este hallazgo, Núremberg está recuperando la memoria de la «gran muerte» y los historiadores locales están investigando en los archivos con mayor interés los tiempos de la peste. En el siglo XVII, miles de habitantes de la ciudad murieron en circunstancias crueles y se sospecha que el motivo de la epidemia fue el asedio del general Wallenstein. Muchas personas de los poblados y granjas de los alrededores buscaron protección detrás de los muros de la ciudad Nuremberg.

Allí fueron hacinados en un espacio pequeño en condiciones higiénicas catastróficas: «pero ideales para enfermedades contagiosas y transmisibles», ha concluido Dross. Las víctimas de la peste fueron amontonadas unas sobre otras en las fosas comunes de St. John: la piedad tuvo que dar paso a la eficiencia. «En principio, la gente estaba acostumbrada a las muertes en masa: entre 1427 y 1634 no hubo dos décadas consecutivas sin peste en la ciudad imperial», ha señalado Dross.