Por Leonardo Cabrera Diaz

Sobreponernos y en cierto modo superar situaciones difíciles que sufrimos, nos afectan y que nos duelen, es una tarea cotidiana, en la que a pesar de los esfuerzos e intentos que realizamos, lograrlo de un todo, resulta prácticamente imposible. No obstante, de alguna manera, aprendemos a convivir con ellas, pero, quedamos marcados y estigmatizados de por vida.

Sobreponernos a que, de un momento a otro, de manera abrupta, perdamos a un ser querido, así, por así, como solemos decir. Sentir que el mundo se nos viene encima. Creer que no existen salidas para escapar de algo que nos constriñe y nos consume, realmente es duro. Por ello, hay que tratar de ponerse en lugar de los demás, estar en sus zapatos y vivir su verdad.

Sobreponernos, y sentir algún tipo de consuelo o alivio, ante una tragedia como la ocurrida en San Cristóbal, en donde murieron 37 personas, y más de sesenta resultaron heridas, es una empresa altamente inalcanzable, impensable, y a todas luces, ilógica e irrazonable.

Sobreponernos, ¿cómo? si aún no tenemos las palabras convincentes, claras y precisas, que en medio de tanto dolor e impotencia, respondan con certidumbre a los innumerables y perturbadores ¿por qué?, queriendo saber a ciencia cierta qué realmente pasó.

Los ¿Por qué?, en torno a esta horrenda desgracia. Los ¿Por qué?, que a viva voz, reclaman respuestas reales, que al escucharlas no dejen la impresión de que son verdades o mentiras a medias.

Los ¿Por qué?, que exigen una explicación diáfana y sincera, en la que no haya espacio ni lugar para la duda. Ni se alimente aún más la agobiante incertidumbre y el desconcierto social existente.

Esto así, porque San Cristóbal, los fallecidos, los heridos y sus familiares merecen respeto, y además, autoridades que así lo entiendan, y en tal virtud, actúen y desempeñen sus funciones, en aras de justicia. En pos de la verdad.

«Esencial a la justicia es hacerla sin diferirla. Hacerla esperar es injusticia» (Jean De La Bruyère).